jueves, 16 de abril de 2009

Leda y el canto


Por Leda Valladares



La primera y más íntima experiencia musical que puede tener el hombre es la del canto. Exige convertirse uno mismo en instrumento, ser su propia caja de resonancia, ser el centro emisor de la melodía y manejar volúmenes, matices y timbres con la propia voz.



Cantar ha sido desde siempre, a lo largo de la historia humana, un rito de poderes mágicos y depurantes. En la vida tribal, el canto se usa para curar enfermedades, para exorcizar malos espíritus y convocar los buenos. Hoy lo provocamos con menos liturgia pero sabiendo que es un bálsamo oxigenante. Implica dos procesos: el físico, respiratorio y muscular, y el psíquico, de goce y drenaje. Los dos procesos descargan fuerzas contenidas.




Los pueblos reconocen el canto como rito milenario y lo han practicado especialmente por razones religiosas. Así sigue siendo en Asia, Africa y la América indigena y negra. Sólo en Europa el canto tomó otros rumbos y de la religión pasó a un plano puramente estético. Se lo consagró, después de la época legendaria de juglares y trovadores, como hecho privilegiado de grandes voces o temperamentos exquisitos. Así se instaló el canto operístico y el canto de cámara. Mientras tanto, frente a ese goce de minorías selectas, los pueblos de las más diversas regiones
sigueron cantando espontáneamente con sus voces rudas y domésticas.



Lo importante es volver a retomarlo como función vital indispensable. Si queremos averiguar para qué cantamos podemos expresar que es para hacernos nuestra fiesta propia y si la podemos compartir con muchos tendrá una dimensión de ceremonia unitiva y fusionante.




Pero en nuestro país ocurre un fenómeno general de verguenza y terror para el canto. Nos sobran razones para no cantar, todas inventadas por falsos respetos y pudores. Quizá la inhibición provenga porque siempre se piensa en el gran canto, en las voces privilegiadas y los estudios musicales.




Cada maestro o profesro de música que descartó e hizo callar a un chico porque: "Vos desafinás, no servis para cantar", lo dejó mudo y sin oído para toda la vida. Lo castró musicalmente.




Lo primordial es la naturalidad, sacar el canto simple, el canto propio que cada uno tiene adentro. Así cantan los pueblos campesinos haciendo lo que sienten y siendo ellos mismos. Basta con asomar lo íntimo por la ventana de la voz y dejarse ir con todo lo que se es, tal como lo ha hecho el pueblo durante siglos, sin solfeos ni impostaciones.




(...)




En nuestra Argentina existen canciones que condensan la sustancia de siglos, las ha cantado el hombre durante generaciones y han mantenido milagrosamente su aroma y su savia a través de muchas gargantas. Por ser las más primitivas y arcaicas de nuestro folclore se cantan como el primer canto del mundo: a una sola voz, y en comparsas acompañadas de percusión. Se cantan rústicamente y este canto rústico del campo o la montaña, cualquiera sea el continente de donde provenga, se practica a todo pulmón, a grito pelado que admite toda clase de recursos guturales, desde el alarido hasta el balbuceo. Tiene la característica de ser intensamente fraseado, es decir, el acento de los tiempos fuertes es casi un latigazo de voz. En este caso no hay emisión sino expulsión de la voz, como quien lanza una piedra a larga distancia.




El canto rústico responde a una desbordante necesidad de expansión y expresión
. Su sabor y su magia residen en la pujanza del acento y en el borbotón de la voz largada sin ninguna clase de represiones. Aquí nadie desafina. Se trata de un canto ansioso y urgido que puede resultar jadeante en el africano, espectral en el japonés y estertórico en el andaluz en nuestro bagualero.




*Fragmento del capítulo "El canto rústico en la escuela", del libro Cantando las raíces.