miércoles, 29 de marzo de 2017

"La precariedad fue un modo de vivir y ahí también inventamos". Entrevista a Leandro Barttolotta e Ignacio Gago, integrantes del colectivo Juguetes Perdidos



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Programa N° 594. Ignacio Gago y Leandro Barttolotta son integrantes del colectivo Juguetes Perdidos. Nos visitaron para seguir pensando el acontecimiento Indio Solari en Olavarría a partir de un texto que publicaron este mismo sábado y al que titularon ¿Cómo nos va en estos días? (leer acá). No lo firma el colectivo, sino ellos dos junto a Gonzalo Sarrais Alier, Andrés Fuentes, Analía Conca y Ezequiel Castro.

Los seis estuvieron en el concierto y para reflexionar esperaron que baje la espuma, habitaron la náusea que los inundó al regreso. A diferencia de la mayoría de quienes escribieron y analizaron lo allí sucedido (incluso los que lo hicieron con buen tino), decidieron asumir la primera persona y hacerse cargo de un nosotros protagonista. Ese nosotros se hizo carne luego de Cromañón y está en constante construcción; es decir: saben que escriben también desde la derrota y desde las muertes acumuladas, con dolor y poniendo a la vez un freno a las demandas securitistas del afuera; no se sacan responsabilidades de encima, pero tampoco están dispuestos a ser hablados por los medios de comunicación que estigmatizan y desprecian las prácticas que supimos conseguir en la precariedad. 


El recorrido de la charla: El nosotros / la vecinocracia / la lectura securitista de quienes (también) participaron del recital / cómo derramar esas preguntas a la vida cotidiana / las prácticas envenenadas / la infiltración de fuerzas sociales reactivas / las pequeñas derrotas / cómo enfrentar la coyuntura macrista / la idea de generación / el ricoterismo y Cromañón / El Estado. 

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La entrevista completa la pueden escuchar acá.El programa completo abajo.

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"Hay que decirlo: nuestras alegrías siempre fueron muy al borde y al filo del peligro, de los riesgos. Eso es la precariedad: las relaciones laborales, afectivas, la vida en la ciudad, los transportes. La precariedad fue un modo de vivir y ahí también inventamos".

Nosotros. "Es un nosotros que no es testimonialista. No es 'yo estuve ahí' ni tiene un corte genaracional. Sí es más sensible y participa de estas movidas, las va gestionando, pero se aleja del testimonialismo; con solo estar no alcanza". (Ignacio Gago)

"No lo reducimos a una idea de sujeto colectivo. Tampoco es una cuestión numérica, no se reduce a un número fijo de integrantes. Pero a la vez no niega la trayectorias vitales de cada uno de nosotros, ni los recuerdos sensibles de intensidades, de espasmos corporales, de un montón de secuencias que hemos vivido. O sea que está hecho de esa memoria y de las mejores versiones de nosotros mismos, pero a su vez no se reduce a eso". (Leandro Barttolotta)

"Es un nosotros rockero, pero hay algo que escapa cuando se ve atrapado en un rockismo o en una cosa más identitaria. Es un nosotros que politiza todo el tiempo, pero a su vez no hace del enunciado político el único modo de participar de experiencias o armar movidas". (Ignacio Gago)

El securitismo. "¿Qué pasa cuando uno participó de un fiestón de 400 mil personas y cuando vuelve a su casa piensa 'Uy, estuve en riesgo' o 'Uy, faltó seguridad, faltó el Estado'?. En el texto tratamos de politizar ese tipo de lectura, [pensar] qué pasó en cada uno que leyó así el recital". (Ignacio)

"Lograste una zarpada desconexión allá, de estar afuera de la cotidineidad por dos días, y volvés acá y te quejás de que no había conexión. Entonces, no soportás esa versión tan intensa que vos mismo protagonizaste unas horas antes". (Leandro)

La precariedad. "Hay que decirlo: nuestras alegrías siempre fueron muy al borde y al filo del peligro, de los riesgos. Eso es la precariedad: las relaciones laborales, afectivas, la vida en la ciudad, los transportes. La precariedad fue un modo de vivir y ahí también inventamos. Lo que pasa es que todo eso se cierra cuando te ves empujado al pedido de organización, de securitismo, de que el Estado te regule eso; cuando vos mismo habías conquistado un lugar liberado de fuerzas de seguridad. Esa es una conquista que tiene una historia detrás y que tiene muertos, como están los muertos de Cromañón también. Toda esa historia la borrás y te ves empujado a pedir organización, enunciados securitistas". (Leandro)

¿Cómo nos va en estos días?

(pequeño pogo desatado por Leandro Barttolotta, Ignacio Gago, Gonzalo Sarrais Alier, Andrés Fuentes, Analía Conca, Ezequiel Castro


 
Volver de las grandes ranchadas es siempre insoportable. Y lo es porque el cuerpo de la resaca no se reconoce del todo –no puede hacerse cargo– de su versión desbordada y colectiva. En la vuelta convive el recuerdo de las intensidades desatadas con el impacto por el retorno a la sociabilidad cotidiana y la nostalgia por un mundo que ya empieza a ser pasado (aunque su sombra siga haciéndonos bailar). 

Luego de cada recital del Indio –una saga que acompañó las mutaciones sensibles y económicas de la lejana década ganada– nos preguntamos cómo hacer para derramar esas intensidades en nuestra vida cotidiana, cómo –y si es posible– traducir lo que pasa ahí, ahí donde nos asaltan las inquietudes sobre la potencia de nuestros cuerpos cuando están juntos, donde nos contamos una historia común que ya es memoria y legado. Años de educación sensible roquera sobre nuestros cuerpos muestran que movidas como estas son nuestras fugas, pero también momentos de intensidad, momentos y lugares donde “somos más nosotros que nunca”. 

Pero esta vez la nausea se envenenó y jugó en el terreno de las pasiones tristes; se conectó con lo peor de Nosotros mismos mostrando que somos portadores de fuerzas sociales reactivas que creíamos lejanas y externas. La nausea envenenada mostró una compulsiva apelación al securitismo (“Estoy bien. Estoy vivo”… sí, por la circulación de la sangre y la respiración podemos aseverar que vivís, ¿pero estar vivo no es otra cosa?, al menos eso nos enseñó Patricio Rey) y a la mala conciencia: inmediatamente luego de las noticias de las muertes se escucharon en muchos amigos y amigas críticas a “la organización” del recital, impugnación de la fiesta desmesurada que hace horas habíamos protagonizado, culpa por habernos ido al carajo y por no poder soportar esas intensidades conquistadas –o rapiñadas– cuando toca regresar a casa. 

La fiesta que creamos entre todos los que venimos participando de las misas –y quienes arrancaron por primera vez– para perdernos en otra temporalidad, donde aparecen otros modo de estar juntos y donde se habilitaba otro modo de experimentar una precariedad que siempre tenemos de suelo… dejó paso a un sabor agrio, se tiñó de infantilización mercantil –de pedidos de efectividad empresarial o de demandas al estado–… No, amigos, estos son nuestros espacios; los pocos modos de habitar la ciudad donde se habilitan cuidados entre nosotros no los podemos envenenar con falsas imágenes securitistas. ¿Por qué ese cuidado no se pide en los laburos, en nuestros viajes, para adentro de nuestras casas? Leer Olavarria desde el plano de la seguridad es tener muy adentro la derechización vital –ese recoveco donde anida el macrismo–; es bajar la puerta a las pocas experiencias donde el riesgo de vivir en precariedad puede no ser pasado por el eje control-cuidado-engorrarse, sino por la posibilidad de desatar nuestras creaciones generacionales. 

Si allá –como en cada viaje y en cada fiesta– fuimos nuestra mejor versión, acá y desde una posición fija arrugamos. Las mismas intensidades con las que nos armamos una vida se impugnan ante cualquier amague de peligro para esa misma Vida. Una gran parte de ese Nosotros mostró que las preguntas que salieron al aire en cada uno de los acontecimientos pasados no se soportan cuando regresamos solitos a la cotidianidad. Y ese desfasaje se envidenció en el contraste entre lo que vivimos y no supimos defender y las miradas que llegaban de “afuera” interpelándonos como si volviésemos de un campo de batalla. El peligro es justamente quedar detenido en la elaboración de lo que pasó en Olavarría hecha por las fuerzas externas a la movida (las “mediáticas” pero también las que portamos dentro de Nosotros mismos, por esos hábitos y afectos tristes... fuerzas “externas” a nuestra sensibilidad más potente pero que nos toman). No pudimos gritar colectivamente lo único que había que decir: las alegrías más intensas fueron siempre para Nosotros huesos tironeados a la muerte y a los peligros, eso enseña la precariedad. Si hubiesemos podido colgar y bancar este enunciado podríamos pensar lo necesario: la tradición de muertes silenciadas en nuestro rock, la brutal indiferencia de nuestros pares, las secuencias feas que se vivieron en el microricoterismo. Escenas de microricoterismo indiferente o dócil se vieron varias en Olavarría (micros y combis que dejaron tirados a pibes y pibas a la vuelta del recital: derrota de los que coordinaban los transportes y se cagaron en los pasajeros, pero más aún de la mayoría de pibes y pibas que vieron asientos vacíos a su alrededor y en su desesperación por volver –ay! mas ganas de volver que de seguir rajando– o por profunda docilidad y temor, no saltaron para esperar a los cumpas... Indiferencia de los que no levantaban ni cuidaban al que se caía en el pogo, o los que puteaban al Indio pidiendo que el recital siga a pesar de los caídos...). 

Pero la peor derrota –y traición al Nosotros– fue lorearla. Hablar y mostrar. Exponernos. En los trabajos, con las familias, en las redes sociales. Mostrar la gran fiesta clandestina y “explicarla”. ¿Qué le importa a tu vecina o a tu jefe un recital del Indio? ¿Porque traicionamos la omertá roquera? Esta vez no fueron solo las pantallas; fuimos Nosotros que hablamos de más. Las operaciones y lo mediático pasan si hay una sensibilidad que las acepta y no las rechaza profundamente. Nos sometieron a una gran prueba de reflejos y salimos jodidos. No nos merecemos los milagros que no podemos bancar. 

Sean bienvenidos todos 

Nuestras fiestas (los Redondos, el Indio, los “viejos” congresos de esquina del rock barrial) fueron siempre un dispositivo de hospedaje para los heridos y los damnificados. Nunca se le negó un pequeño afecto de reconocimiento –un escabio o una puteada, nunca nada desde la piedad– a los cachivaches de todo tipo, a los socialmente indeseables, a nadie… En Olavarría –como en cada fiesta– algo se habilitó, las fuerzas rapaces del Nosotros parecieron abrir las puertas de todas las cárceles y psiquiátricos (como si la multitud festiva permitiera ocultar y perderse en ella a todos los cuerpos “escondidos” en los márgenes de la sociedad), desfilaban todos los sonados cantando juntos, los locos y desamparados, los peligrosos y perseguidos por los vecinos y la policía, los rechazados por sus familias, los que sufren discapacidades físicas, los cuerpos y rostros deformes cantando y emborrachándose. Todos moviéndose sin que ninguna mirada los criminalice y los juzgue. Como dijimos en alguna vieja crónica, “acá hay hospitalidad espontánea para la marginalidad: económica, de modos de vida, ‘biológica’. Acá estamos todos. Régimen abierto: siempre pernoctó el que quiso”. 

Pero el sean bienvenidos todos sin un Nosotros robusto se vuelve un peligro. Si por un lado permite armar un mundo, una experiencia colectiva que funciona de modo concreto (armando lazos, “comunidad”, logística, organizando el viaje, bancando la movida…) en su ambigüedad permite que ingresen también los que invitados desinteresadamente –y sin pagar peaje– terminan arruinando la fiesta, atentando contra su núcleo sensible. En el “entran todos” entraron también las fuerzas sociales que hirieron de muerte a ese dispositivo hospitalario (inexistente en cualquier moviemiento social o político; ninguna sensibilidad pudo soportar las fuerzas de la multitud ricotera). Entró el extractivismo (los caza-intesidades, que les cabe la previa, sacarse un par de selfis para decorar su plataforma virtual, pero que después te dejan tirado cuando pinta el peligro), y entraron los turistas ricoteros. Un entrar entonces que ya no es conquista: y lo que no cuesta no se defiende, ahora todos los recién llegados –o los veteranos recién agilados– se sienten descuidados y desorganizados. Y nada de lo que pasó en Olavarria es secundario de cara a la disputa política con el “macrismo”. Un testeo sensible de varios días evidenció cómo nos va por estos días. Y quedamos mal parados. Pero lejos de pensar de forma pesimista, lo que pasó tiene que servirnos para hacer un sinceramiento y saber realmente con qué cuerpos, sensibilidades y alianzas contamos (es muy gratuito boquear “Macri gato” y hablar de tomar la calle, del agite político o lo que sea…).  

Prudente con los gatos 

En Olavarría hubo infiltrados, pero también en los recitales anteriores. Los infiltrados son los turistas ricoteros. Un turista –a diferentecia de un patético viajante– no puede hacerse cargo de sus propias condiciones en el viaje y en la fiesta. El turista va a consumir una experiencia y a que nada salga mal –el mal viaje se banca solo, el mal tour indigna y reclama un 0800–. Pero los infiltrados no son solo sujetos; son fuerzas sociales que se colaron en Nosotros. Entonces necesitamos que nos organicen la fiesta y nos garanticen seguridad. Las fuerzas que se infiltran son hipócritas: quieren el exceso festivo (van a buscarlo, quieren registrarlo, quieren “vivirlo”, buscan adrenalina y anécdota para la próxima reunión con amigos, posteos para encarar la semana laboral y recordar las mini-vacaciones del fin de semana ricotero sumergidos en la vida mula), pero después no se la bancan. Porque en el fondo fueron movidos por alegrías tristes, quedando regalados para la operación mediática posterior. 

Las fuerzas infiltradas son díficiles de detectar: las portan clones de Nosotros mismos, son casi iguales, pero... Pero cuando se pudre salen corriendo. 

Si esas fuerzas nos infiltran y nos operan desde “adentro” (lo de Olavarría tuvo mucho de auto-sabotaje), es porque una mayoría del Nosotros condensa en los recitales la gran intensidad del año –o de cada dos años– y antes o después vive la serie incuestionable del trabajo, el parejismo, la familia y los hijos, el auto en cuotas o los ladrillos para la habitación del fondo, y los quilombos cotidianos y la amargura por la vida que se queda en el molde. Se condensa todo en el recital y después queda la anécdota eterna en el asado o las selfies o la repetición infinita del videito mal grabado y colgado en youtube. Ir a ver al Indio no es, en ese continuum, curtir un modo de vida disidente y marginal. Las formas de vida se prueban y sostienen en la materialidad de todos los días (cómo te ganas el billete y dónde lo pones, a qué te endeudas, qué haces de tu tiempo, cómo son tus días y tus noches, en dónde invertís tus riesgos y tus seguridades, qué cosas no tolera tu sensibilidad, qué hacés con tus derrotas y con tus alegrías, cuándo rajás y de qué te cagás…). 

Pero sí es cierto que estas fiestas son –¿eran?– una muestra a gran escala de la mejor versión de Nosotros mismos y un tesoro sensible siempre listo si en algún momento queremos desaconstumbrarnos de la tristeza que nos rodea. Nuestras fiestas también como plenarios íntimos para plantearnos las preguntas olvidadas y silenciadas por la sociedad, aquellas que tocan las fibras sensibles, aquellas que se elaboran al calor de los agites más recordados (donde la soledad y las derrotas se vuelven agitables y politizables). Y esta intervención como continuación de esos plenarios, invitación para continuar esas preguntas en momentos en donde la fiesta ricotera parece terminarse y las preguntas se vuelven más difíciles de pronunciar.  

Nos quieren muertos 

Luego de las conmovedoras palabras del Indio en el recital de Tandil empezamos a velar nuestras fiestas. Aún en medio del desborde alegre del viaje y la previa, era imposible olvidarse de la enfermedad del viejo. Pero ese final cercano parece haberse acelerado y de la peor manera. A lo largo de todos estos años fue común ver las réplicas de los recitales en la pantalla (678 musicalizado, duro de domar, programas de TN) pero si en esos casos se trataba de captura Política o de mera estetización, esta vez el manoseo en la pantalla vino desde peores lugares. Pero una vez más, más acá de la criminalización mediática y la movilización total de odio sobre nuestros cuerpos, estuvo nuestro autoboicot. Un sabotaje no planificado contra Nosotros mismos, sumado a la indiferencia frente a lo que pasó (lo que también constituye un modo reactivo de habitarlo) y la impotencia de los miles de Nosotros que quisieron o quieren expresar otra perspectiva (pero cuyas voces no se oyeron en el atolladero de palabras y textos y testimonios de los días posteriores al recital). 

Si en algo se asemejan Olavarría y Cromañon es en los odios posteriores que desataron. Nos quieren ver muertos. Quieren que nos salga muy caro haber rajado lejos de acá. Las fuerzas anti-todo hicieron máquina con nustro lado oscuro (aquel que se arrepiente en la vuelta, aquél que pide seguridad y se muestra disponible para ser “operado”). Una alianza negra entra esas fuerzas sociales que rechazan la fiesta (las mismas que en gran medida colocaron al Gato blanco en el palacio) y lo que somos cuando recuperamos la forma humana y no bancamos los recuerdos del agite. Ahí nos cogío la nomalidad y el securitismo y el juicio de la mala conciencia (“pero no andaban los celulares eh”, se queja el mismo que conquistó esa inmensa y necesaria desconexión...). Y ahí le hicimos el juego a la derecha afectiva y libidinal, nos mostramos también enfriados. Nos autosancionamos y no nos bancamos lo que teníamos que afirmar. 

En esta sensibilidad surfearon los que siempre nos van a esperar muertos. Los que experimentan el goce y el morbo cuando nos pueden buscar en una lista de hospital. Porque no se bancan lo que agitamos y sólo nos pueden alojar quietos. Una sensibilidad colectiva que hace años se viene moldeando, donde la muerte o el control son los modos de enfriamiento de cualquier imágen de intensidad que la puede poner en duda y desbaratar sus pequeños mundos. Y muchos de los que expresaron públicamente sus odios son los que se dicen de “izquierda” o “progres” o “militantes”, no nos olvidemos de los que nos odian, por favor (ahí está el que pone una foto de Spinetta con un cartel de apoyo a los docentes en la época de la carpa blanca y olvida que es el mismo que dijo que Cromañon es producto de “cerebros infraalimentados” y ahora repite la farsa y habla de “mala organización” y de la imprudencia de los que van a los recitales cuando se dice militante y no puede organizar y controlar un barrio, un aula o un espacio de trabajo o, peor, cuando habla de militancia juvenil… Son los mismos que permanentemente administran cuáles son las muertes políticas y cuáles no, si murió de sobredosis no garpa como muerto querido...) 

Pocos parecen dispuestos a bancarse esas intensidades y agites, pocos parecen querer moverse para aliarse con fuerzas rapaces y marginales. Por eso nos quieren ver muertos. Es la única manera de alojarnos: como víctimas (por que esas mismas vidas en vida importan una mierda). 

Olavarria dejo un registro de las sensibilidades y fuerzas con las que contamos. La derechización vital esparciéndose y haciendo combustión por toda la ciudad, como necesidad de congelar la fiesta y las fuerzas que pueden desbaratar los equilibrios diarios. Nadie dudaba de lo que dijeron los medios: porque lo mediático no es pescado podrido de un par de empresas, son las fuerzas que necesitan fijar las intensidades que nos recorren y leerlas bien lejanas a nuestra vida. Los medios surfean esas pasiones tristes, no las construye… sino a todos los cuerpos de roqueros o ex-roqueros no les hubiesen entrado tan ingenuamente las noticias.  

Me acordaré toda la vida de vos  

En la histórica conferencia de prensa del año 97´ el Indio saltó por Nosotros. Gafas negras, cigarrillo en mano, rodeado de la banda apunta al sótano oscuro de la sociedad y dispara. Ahora, veinte años después, nos toca a Nosotros salir a defenderlo. Dejarlo sólo sería traicionarnos de la peor manera. 

Lo dicho, “Indio fue el médium privilegiado de Patricio Rey; y gracias a ese encarnizamiento en el pelado tuvimos años de excusas de masas, años en donde la mejor versión de nosotros mismos se pudo mirar a la cara, años de más para pensarnos embriagados en acontecimientos multitudinarios. Esta fiesta, esta magnitud a escala no humana –hipódromos, autódromos– fue nuestra por invocación pero tuya, querido Indio, por ganas vitales de querer ‘todavía’ mover el culito arriba del escenario”. 

Axioma trascendente II: Se sumerge a un redondito en agua; si el redondito no es brujo, se ahoga. Si no se ahoga queda probado que es brujo y es condenado a la hoguera y a renacer de las cenizas...”, disparaba Patricio Rey allá por 1986. Y algo de eso sigue insistiendo. Siempre hay alianzas posibles para inyectar de vitalidad el Nosotros y hacerlo perdurar en el tiempo, o hacerlo renacer. También llevamos las marcas de esos segundos nacimientos, la historia de las complicidades que dan aire y amplían el margen. 

El ricoterismo –que son los redondos pero también las giras del Indio, que se llenaron de pibes que nunca habían visto a los redondos– específicamente sabe de complicidades y encuentros capaces de neutralizar la alianza oscura de las mayorías antifiesta y también, como se dijo, la alianza sutil entre esas fuerzas y partes de nosotros mismos. Sabe porque ese ricoterismo lleva tatuada –mal que les pese a muchos– la memoria sensible del aguante que supimos parir en los momentos más oscuros de nuestra generación. Aguante que siempre fue para Nosotros invención en la precariedad –y allí el rock fue la gran alianza– y no solo testimonio de agites pasados o entradas de viejos recitales enmarcadas en el living adulto. Aguante nunca fue el nombre del saber de ex combatientes, sino la destreza –y todo el tesoro– de una generación condenada –y habilitada– para moverse en la precariedad. Tesoro que se invoca en la complicidad entre los viejos cuerpos roqueros, los que se la siguen aguantando -los que seguimos afirmando nuestros berretines- y los hermanos menores, los pibitos y pibitas que se suman a la movida desde sus pliegues más intensos, aplicando mística y también autoorganización. Desde este escenario actual, vuelve de aquella conferencia de Olavarria del 97 una reflexión del indio donde pedía que era hora de “recuperar el ánimo y reencontrarse con los afectos más íntimos”. Ese también puede ser el llamado de hoy: el reencuentro con los afectos alegres, con la vitalidad y el agite que siempre está a mano y al mismo tiempo siempre por inventarse, esta vez con coordenadas más cifradas, con nuevas clandestinidades por conquistar, y nuevos misterios, apostando siempre por el cuerpo a cuerpo y por esos pogos masivos que aún restan por bailar.

viernes, 24 de marzo de 2017

"La idea era hacer un disco accesible" - Entrevista a Lucas Martí

Hoy a las 21:00 hs vuelve a tocar en Matienzo en plan solista. Lo acompañarán Nicolás Pedrero en guitarra, Ezequiel Kronenberg en bajo, Marcelo Baraj en batería, y Juli Sky y Sofía Vítola en coros. En nuestro último programa hablamos de su nuevo disco 'Las sombras que evadimos' y anunciamos el show de hoy. Escuchar acá.


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Desde hace un tiempo Lucas busca que sus shows sean previsibles, por lo tanto no es descabellado pensar que hoy por la noche en Matienzo no faltará Dolor + Miedo, ni Lo tan que me siento, ni Pon en práctica tu ley, ni Por el vértigo, ni Date y dame o No encajes, joyas de una obra que va por el décimo disco en solitario - inclyendo el EP Por 200 años más y el disco a dúo con Darío Jalfin El hijo principal- y que uno nunca termina de descubrir del todo... por suerte. ¿Por dónde entrar a ese mundo y ser tratado amablemente? ¿Por dónde conviene no hacerlo? Posiblemente, el show de hoy por la noche sea una buena forma de zambullirse en el costado más amable, cantábile y bailable de su música. 

Lucas divide su discografía solista en dos: la parte pop y la parte más experimental. En alguna charla, refiriéndose a Primer y último acto de noción - uno de los puntos altos de su trabajo- me dijo que discos como ese eran como su lado B. ¿Cómo entender esto? En 2005, luego de disolver A-Tirador Láser, edita en simultáneo Primer y último acto de noción y Simplemente. "Lo que hice fue sacar toda la parte que iba mejor con la guitarra y la llevé hacia un lado [Primer y último...], y los temas que creía que eran más pop fueron para Simplemente, que ahora a la distancia me doy cuenta que es uno de los discos más raros que hice", graficó hace un tiempo en una charla que seguía así:

- Ese es un gesto que te permite difuminar tu personalidad artística en distintos discos y proyectos. 

- Lo que pasó es que separé las cosas, pero me dí cuenta que una me gustaba más que la otra.
 
- ¿La de Simplemente?
 
- Y si. Me divertía y me interesaba más. Lo otro sentía que era una parte mía y no la quería dejar, pero me daba un poco de paja. Entonces, de alguna manera, si tengo que poner las dos cosas, una me interesa más que otra.
 
El peso de su lado A sobre su lado B, digamos, se nota en sus conciertos. Puede que sea injusto para con la parte más experimental de su obra, aquella donde también aparecen canciones que nos hacen pensar que Lucas Martí es un compositor fuera de serie (un error en el rock argentino de los 2000), pero podríamos pensarlo como un anzuelo para después ir a bucear a sus discos e incluso más atrás a A-Tirador Láser.

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Este concierto, además, incluirá tres canciones de su flamante LP Las sombras que evadimos: Autopista escapar, Recuperemos un minuto y Te sigo

Lo primero que salta al oído es la mayor presencia de la guitarra electrica. "El concepto general del disco era que la guitarra sea el instrumento predominante e ir desplazando casi por completo al teclado", nos dijo en la conversación del sábado. "Lo digo pensando en mis discos solistas, no en otros proyectos y cosas que estoy haciendo donde me interesa seguir trabajando con teclados y con electrónica".  

Se explaya un poco más: "Los discos pop que hago yo considero que son una misma propuesta que va mutando. Cuando hice Pon en práctica tu ley con teclados de los 80s, la idea era que ese sonido evolucione hacia algo más rockero. Lo hice con El gran desconocido popular y ahora lo acentué un poco más. El objetivo es que sea algo un poco más extremo. Quizás después de eso revierto todo y empiezo a hacer otra cosa. La idea es que sea algo que está en movimiento".

"Siento que mis discos más que ser un reflejo de algo, a veces son medio premonitorios"

Como sucede con las obras que son poco condescendientes con quien escucha, las canciones de Lucas requieren de un tiempo de degustación. Pero Las sombras que evadimos, extrañamente, contiene melodías que se impregnan en la primera escucha y quedan resonando, por ejemplo las tres que eligió para el show de esta noche. "La idea fue hacer un disco de canciones accesibles, entre comillas. Siento que mis discos más que ser un reflejo de algo, a veces son medio premonitorios. Este es un disco que lo empecé a hacer y me quebré el brazo, y me tuvieron que operar. Estábamos por grabar las guitarras y me pasó eso", recuerda.

- ¿Andando en skate?
 
- Si.
 
- ¿Fractura expuesta?

- Tengo un brazo robótico, ¿ves? Tengo un fierro acá [se señala el brazo]. Me hice mierda y eso pasó dos días antes de que fuésemos a grabar las guitarras. El día que grabamos las baterías yo estaba con un ruido en la cabeza que no me paraba, los oídos me hacían "shshshhsh". Yo ya tenía todo el concepto del disco y hice la tapa esa.
 
- ¿Ya lo tenías?
 
- Si. Igual no hay una canción que refleje el sentimiento del disco. Sí la tapa. Yo le quería poner al disco Afrontar las consecuencias de ser humano, pero justo los Kuryaki sacaron La humanidad o nosotros. Y apareció este título que me parece que es mejor. Son los miedos que tienen que ver con lo monstruoso.

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Para escuchar la entrevista acá.

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PD: Algunas de las declaraciones para esta nota están sacadas de otra entrevista realizada a Lucas Martí hace unos meses, razón por la cual no las encontrarán en la telefónica del sábado.

jueves, 23 de marzo de 2017

Entrevista a Cecilia Szperling


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Programa N°593. En el marco de De lectores en La Tribu, el espacio que comanda Ana Ojeda, nos visitó Cecilia Szperling. Como escritora publicó El futuro de los artistas (1997), Selección natural (2006) y el flamante La máquina de proyectar sueños (2016). Además es creadora de ciclos que han dejado una estela indeleble como Lectura + música, Confesionario y Libro Marcado.

El recorrido de la charla: los ciclos ( "Ví algo antes de que estuviese sucediendo") / el periodismo cultural / la escritura profesional / sus novelas / el sentimiento de hermandad, lo misterioso, la empatía y la sensación de que no va a poder salir de ese universo / el diálogo artístico que mantiene con su pareja, el cineasta Andrés Di Tella.

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La pueden descargar acá.

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La escritura y el periodismo."Para mi el periodismo no es escritura profesional. Literatura no es. Puede ser buenísimo, pero no es literatura. Me acuerdo que una vez Piglia me dijo: 'Cuantos que están en los suplementos culturales se creen que están haciendo literatura'. Y yo dije: 'Guau, lo voy a tener en cuenta'. 

La escritura profesional. "Hay escritores que trabajan profesionalmente, un grupo chico de escritores que viven de su escritura (...) Yo pertenezco a una generación para la que la palabra profesional está mal vista, le tenemos prejuicio; pensamos que lo profesional implica esperar el resultado. Esa es nuestra idea, por ahí es una boludez total, pero bueno, hay que aceptar cómo uno piensa".

Di Tella. "Estamos juntos desde los 20 años. Nos fuimos haciendo un poco juntos. Él hizo su primera película estando conmigo y yo publiqué mi primer libro. Las primeras películas yo trabajaba con él en el guión. El diálogo es super fuerte, creo que en un momento tuvo su máxima potencia. Confesionario habrá sido una especie de estallido después de tanto documental personal. Andrés fue precursor de eso, por lo menos en Argentina (...) Es una relación genial porque es como un laboratorio. Todas nuestras caminatas -para sacar al perro o para buscar a nuestra hija- son "estoy con tal cosa" o "estoy con tal otra". A esta altura creo que estamos tan comprometidos con lo que hacemos cada uno y con tanta producción que ni él me puede seguir en todo a mí, ni yo seguirlo en todo a él".

"Yo pertenezco a una generación para la que la palabra profesional está mal vista, le tenemos prejuicio" 

El medio y la mujer que escribe. "Es mucho más difícil para una mujer, es más complicado, el doble de esfuerzo".

Selección natural. "No quería que se lea. El libro me parecía oscuro, de hecho en algún momento lo aliviané un poco porque no quería poner más problemas en el mundo. Yo estaba tímida, tenía verguenza de que se lea. A diferencia de La máquina de proyectar sueños que lo fui probando en vivo en los ciclos".

jueves, 16 de marzo de 2017

"La preocupación es siempre cómo aparece el otro" - Álvaro Urrutia y sus Épicas bastardas


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Programa N° 592. Adeudábamos la primera parte del programa. Comenzamos escuchando un fragmento de una conferencia que Ricardo Piglia brindó en México en 2010, donde intentaba rastrear los cambios que se produjeron en la escritura a partir de la irrupción de nuevas tecnologías. Habló de la máquina de escribir, de las computadoras y se detuvo especialmente en el grabador, un artefacto fundamental - considera el escritor- para empezar a resolver una tensión histórica como la que se dió entre escritura y oralidad. 

Esa conferencia de Piglia nos vino al pelo para adentrarnos en la poética de Álvaro Urrutia, poeta nacido en Villalonga que en 2016 editó Épicas Bastardas. Poemas de Neli y Natividad. Se trata de fragmentos de lo que será un poemario más extenso. Su tarea es minuciosa y consiste en volcar al papel las voces de esas dos migrantes bolivianas trabajadoras de la cebolla que están radicadas en el sudoeste de la provincia de Buenos Aires. "Voces que todo el mundo maltrata", nos dirá.

Los poemas son fruto de un trabajo que Urrutia compartió con la antropóloga María Belén Bertoni. Lo destacable es el tratamiento respetuoso para con el tono de esos relatos que primero fueron escuchados, luego grabados y finalmente trabajados poéticamente. No fue fácil. Ni escribir las voces de dos mujeres, ni sintonizar con el tono. "Es muy complejo cómo cazar la voz poética que hay en ellas y en la intensidad con que relatan su propia vida. Hay otras complejidades como lo bilingüe y los baches gramaticales que quedan en esa formación bilingüe de personas que tienen una lengua madre quechua, aymara o guaraní. De repente están contando su historia en español a oídos acostumbrados a recibir el castellano, y ahí se pierde algo. Pero lo que busco es agarrar el tono musical de esas voces. A veces aparece como lamento, otra como rencor o como un grito de batalla", nos cuenta Álvaro.

En el audio del programa podrán escuchar la entrevista que hicimos con él en su paso por Buenos Aires, donde nos extendemos en su experiencia de habitar esa tensión entre oralidad y escritura.

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La primera parte para descargar con la entrevista acá.

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El otro. "La preocupación siempre es cómo aparece el otro".

Épicas bastardas. "Son poemas que nacen a partir de escuchar. De escuchar cómo nace la experiencia de un otro que muchas veces es difícil explicar. Sobre todo porque tenemos un montón de prejuicios: teóricos, eurocéntricos, de lectura, gramaticales. Entonces, me quise meter en ese problema que fue conflictivo y sigue siéndolo. En ese enriedo nacen esta épicas".

El combate. "En el sur de la provincia de Buenos Aires hay mucho trabajador golondrina, mucho migrante muy maltratado. No tienen voz, tanto por la lejanía de las urbes -Bahía Blanca, Buenos Aires o Viedma- como por el racismo interno que hay dentro de la sociedad. Me surgió cómo presentar a estas personas, que todo el mundo maltrata (...) cómo presentar esa voz, esa experiencia de esta persona, respetándolos, sin imponerme como autor y donde la poesía cumpla una tarea poética, pero a su vez social. Enmarcando a la poesía dentro de algún combate".

viernes, 10 de marzo de 2017

"Los artistas queremos captar el espíritu del tiempo" - Entrevista a Juega el loco

Tarde caemos en que uno de los discos más interesantes de 2015 lo editó Juega el loco. Canciones cortas y una musicalidad envidiable conforman su primer trabajo titulado Esto no es Juega el loco. Nos visitaron Sato Valiente y Guil Astobiza. La charla y las canciones las pueden escuchar acá.


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Programa N° 592. Que yo haya escuchado Juega el loco cinco años después de darse a conocer es, en cierto modo, imperdonable; sobre todo si tenemos en cuenta que circularon y circulan por espacios comunes a nuestros intereses. Pero a la vez es un guiño de la música. Hay encuentros que se demoran para que el impacto de la escucha sea mayor. Así funciona la cosa: alguien compone, graba y suelta sus canciones, y son ellas las que deciden en qué momento hacer su entrada en la escena de nuestras vidas. Así me sucedió con Juega el loco y no es la primera ni será la última vez que me pase.

El primer recital lo hicieron un 8 de enero de 2012 en una casa de Villa Crespo (¿el Pacha?) con un formato "cómodo" que prescindía de batería. Dieron vueltas por distintos lugares chicos de la ciudad hasta que produjeron los cambios de integrantes que empezaron a difinir la personalidad de la banda. A la guitarra de Sato Valiente, el ukeléctrico de Guil Astobiza y el vibráfono de Martín Sánchez, se sumaron Diego Rodriguez en contrabajo eléctrico y Marina Wilensky en batería, para cristalizar la formación que grabó el único disco que tienen hasta el momento y que, a decir verdad, sorprende por lo afiatado que suena. Tienen un sonido elaborado y fresco, buenas melodías y el canto de Sato goza de una musicalidad envidiable. "La instrumentación le da un color especial; tenemos vibrafono, contrabajo eléctrico, ukelele eléctrico. No tuvimos que buscar el sonido, con la formación el sonido apareció solo", explica Valiente.

La mayoría de las canciones están por debajo de los 2'30'' de duración, excepto Proyecto planta que llega a los 7'. "Estas canciones están compuestas hace bastante, pero en esa época la tendencia que veía en los artistas modernos era de temas muy largos, con un sonido muy cuidado y muy especial. En ese momento se empezó a usar la loopera, entonces para que el loop pueda ser progresivo y después sumarle otras capas, se necesitaba una composición como de diez minutos. Y a mí me embolaba muchísimo eso, el Mi menor de diez minutos. Quizás por oposición a eso a mí me gusta lo que se tiene que decir y nada más. Lo más corto posible".

"A mí me gusta lo que se tiene que decir y nada más. Lo más corto posible" (Sato Valiente)

Se percibe en la banda una constante que los lleva como un péndulo de una punta a otra, tanto en las decisiones musicales como en las respuestas que dan durante la entrevista. Por ejemplo, cuando hablan de la importancia del humor en las canciones del álbum, pero advierten que el próximo disco no tendrá nada de humor; o cuando cantan dos temas bellísimos aún inéditos y en uno dicen: "El que mata a Colt / muere a Colt", para luego en el otro afirmar: "La venganza no es buena para nadie"; o cuando en un disco de canciones cortas, la única que está por encima de los tres minutos y medio dura siete minutos. Ese vaivén, esa manera de desmarcarse de sí mismos que se evidencia también en  el título del disco (¡Esto no es Juega el loco!), los ubica en una zona lindante a lo misterioso que le hace bien a las canciones y a la obra. Juegan como locos, claro, y se celebra aún cuando por momentos sea dificultoso para quién entrevista.

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Todas las canciones del disco pertencen a Sato. Hacia el final se generó el siguiente diálogo a propósito de las melodías que vale la pena leer.

- ¿De dónde vienen las melodías?

- Generalmente salen de una secuencia de acordes que es donde se paran las melodías. Arriba de eso uno tira o zappa melodías, se suceden solas. Lo más difícil es generar un lugar donde esas melodías puedan explayarse.

- ¿No te sucede ir caminando por la calle y que se te aparezcan? Me refiero al momento de iluminación...

- No, en mi caso no. Lo que pasa es que yo escucho una melodía que me gusta y analíticamente sé cómo es la melodía, sé todo.

- Y sabés hacia dónde la querés llevar...

- Claro. Hacia donde la voy a manipular en ese acto que vulgarmente se denomina composición. Uno manipula esa melodía para que esté dentro de un contexto que la justifique. Justamente con esto de la inspiración o iluminación yo tengo una gran controversia. Antes del Humanismo, se creía que Dios te iluminaba, porque ¿quién te va a iluminar sino Dios? Entonces, uno fluía en su arte expresando lo que Dios quería expresar, uno era un canal a través del cuál Dios se expresaba. El Humanismo tira eso por la borda, dice "no, el humano quiere decir algo y lo dice'. No niegan a Dios, pero lo dice el humano. Y la inspiración es un concepto que viene antes del Humanismo, "yo no tengo nada que decir, soy un canal, un pararrayos de Dios por el cuál Dios se expresa", como si no existiera una técnica, dedos...

- Acordes, estructuras...

- Claro, como si fuese una cosa divina y mágica. Yo discrepo mucho con eso.

"No me gusta la idea de que uno no decide lo que hace, como que la canción me salió así. La mayoría de los compositores (no sé si la mayoría, especulo) te salen con que la canción les salió así" (Sato Valiente)

- ¿La idea del artista como antena no te gusta?

- ¿Como antena de qué?

- Existen los artistas antenas, los que canalizan ciertas energías sociales, el famoso inconsciente colectivo que no es Dios, pero hay algo que está en el aire y hay tipos que pueden canalizarlo.

- Si, pero eso tiene que ver con que esa persona sabe hacer eso, no es que no sabe hacerlo y de pronto fue tocado por algo. El inconsciente colectivo es el zeitgeist, ¿no? El espíritu del tiempo. Los artistas lo que queremos es captar el espíritu del tiempo. Algunos lo saben hacer y otros no, ni se plantean eso. Justamente estoy escuchando el disco nuevo de Charly y él capta un poco el espíritu del tiempo en sus discos y lo mezcla con su espíritu del tiempo que es personal.

- ¿Es un norte para un artista captar el espíritu del tiempo?

- Lo que para uno es el espíritu del tiempo, lo que uno interpreta por eso. Pero no me gusta la idea de que uno no decide lo que hace, como que la canción me salió así. La mayoría de los compositores (no sé si la mayoría, especulo) te salen con que la canción les salió así...

- Como si uno no tuviera poder de decisión sobre lo que hace...

- Claro, como si uno no pudiese cambiarlo, ¿no? Como si uno no pudiese decir "este acorde en vez de menor, mayor". Yo polemizo con eso.

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La entrevista con Juega el loco acá.

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El humor. "Nos han dicho alguna vez: 'Ustedes hacen temas en joda'. A mí me afectó eso, realmente. Pero yo pienso el humor como algo de todos los días. No buscamos que haya humor en lo que hacemos, volcamos algo que ya tenemos en la obra. El próximo disco no creo que tenga nada de humor, no viene por ahí. Cuando uno empieza a tocar sus canciones y a enfrentarse con la mirada de los demás y de uno mismo, es una desnudez muy difícil. Hay gente que no puede cantar en público por fobia. Al principio, cuando empezás a hacer las primeras canciones, te refugiás un poco en eso, en un chistecito, en el humor. Esto lo pienso ahora, uno no es conciente en el momento. Pero eso genera empatía. Yo supongo que por eso está ese toque de humor".

El humor II. "El humor quita solemnidad. Yo he escuchado muchas músicas que están buenas y que son re interesantes desde lo musical, pero tienen esa cosa solemene que provoca cierta distancia. Tratamos de no caer es eso, aunque podemos caer en todas (risas)".

viernes, 3 de marzo de 2017

Pablo Díaz Marenghi presenta su libro CODEX


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Programa N° 591. Nos visitó Pablo Díaz Marenghi para presentar CODEX, música contemporánea (Maten al Mensajero), un libro que reúne una serie de perfiles sobre músicos de distintas generaciones que dan vida a diferentes escenas musicales de la ciudad de Buenos Aires. Conviven Palo Pandolfo, Valle de Muñecas, Acorazado Potemkin, Paula Maffía, Señorita Carolina, Rosario Bléfari, Maxi Prietto, Mi Amigo Invencible, Gabo Ferro, Atrás hay truenos o Lucy Patané, entre otros. Cada uno de los 23 perfiles viene acompañado de una ilustración distinta y se le agrega un dossier final donde hablan algunos periodistas que Pablo considera representativos de la "escena" al que tituló Los alquimistas del under.

Una de nuestros primeros interrogantes fue directo al estado de la música actual. Sin dudas, el hecho de hacer un libro donde retrata a varios de los músicos más interesantes de la ciudad es una toma de posición, un modo de decir acá pasan cosas buenas, sintonizando -uno cree- con la máxima optimista de Alfredo Rosso que reza que estamos ante una nueva época dorada del rock argentino. Díaz
Marenghi se despega y lo resume así: "Yo lo que veo son dos miradas, una de personas o críticos que creen que en el rock argentino ya no pasa nada hace 20 años, o está todo en crisis y no hay nada interesante; y otra mirada que sostiene que estamos en una época dorada. Yo no estoy en ninguna de las dos posturas. Todos los músicos y bandas que están en CODEX me parecen dignas de destacar, pero eso no significa que todas las bandas que existen son buenas".

El punto de mayor interés del libro está en su apartado dedicado al periodismo. Suman sus voces Facundo Gari, Herná Panessi, Nahuel Ugazio, Julia González, Eduardo Fabregat, Miguel Grinberg, Juan Manuel Strassburguer y Joel Vargas, quienes muestran distintos grado de profundidad a la hora de analizar su queahcer y el de los músicos. Es notorio el grado de coincidencia, por ejemplo, cuando se trata de El mató a un policía motorizado.  Nuevamente, lo que propone Díaz Marenghi es un diálogo generacional entre personas que además de funcionar como "curadores" suelen estar vinculados a la organización de fechas o festivales. 

¿Cómo ves la actualidad del periodismo y a las nuevas generaciones de cronistas?, le preguntamos. "Yo veo que lo más interesante a nivel crítica musical pasa por internet, portales independientes, la web, etc (...) La mayor parte del periodismo musical que trata de hacer algo distinto, que le presta atención a las bandas, se mueve por los mismos carriles que las bandas".

Algunos temas que sobrevolamos: El surgimiento del libro a partir de su laburo en ArteZeta / el empujón de Santiago Kahn / la convivencia de bandas y solistas de los 90s con las actuales / la actualidad del periodismo de música / la falta de afán polemista / la falta de discusión.

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La entrevista completa a Pablo Díaz Marenghi la escuchan acá.

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